Me encontraba explorando el bosque, cuando súbitamente giré la cabeza y vi un resplandor dorado. Era una cueva enorme, cuyas paredes estaban cubiertas de un mineral que se asemejaba indudablemente al oro.

Leyenda corta La cueva infernal

Corría hacia ella, con la idea de arrancar un poco de ese bello metal para luego venderlo. Prendí la linterna de mi celular y comencé a raspar un poco las paredes con la ayuda de algunas herramientas que traía en mi mochila.

Pronto alcancé a escuchar que algo se desprendió del techo. Una roca golpeó mi cabeza y perdí el conocimiento. Al volver en sí, me incorporé y aliviado vi que no tenía ninguna herida.

Un olor a carne quemada comenzó a inundar el ambiente y entonces me di cuenta que una puerta se abría ante mis ojos.

– Pasa, se bienvenido a mi humilde morada. Estaba esperando por ti.

– ¿Quién eres? Pregunté.

– Lo normal es que las personas no hagan preguntas, cuando ya saben la respuesta. Además, estoy segurísimo de que al menos has escuchado una leyenda corta que hable sobre mí.

En eso sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, motivo por el cual no puede articular palabra alguna. Pese a ello, aquella entidad terrorífica leyó mi mente y murmuró:

– En efecto, soy Luzbel, el señor de las tinieblas y tú estás en mis dominios.

– ¡Estoy en el infierno, no puede ser, eso es imposible! Jamás le he hecho daño a ninguno de mis semejantes. Es más, cuando puedo brindarle ayuda a alguien, lo hago sin distinción ni prejuicios.

– ¿Quién te dijo que estabas en el infierno? Yo no lo llamaría de ese modo. Aquí descansan las almas buenas y malas. Lo que sucede es que ustedes en la Tierra se han empeñado en creer que existe un averno y un cielo, cuando la verdad es que solamente hay esto que ves y ahora tu tiempo ha llegado a su final. Carcajeó la voz.


Mitos egipcios: Tot Cuento de miedo La pesadilla que se volvió realidad

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